
…se llevó todos sus pequeños secretos. Aquellos que no le importaban a nadie, pero que creía que debía de guardar. Los llevó como una pequeña carga, como un minúsculo recuerdo de su vida, allí donde moran los fantasmas.
Estaba su primer beso, escondido en aquel rincón, ese beso tímido en aquellos labios demasiado húmedos. Y los libros que leía en la bibloteca cuando creía que nadie le estaba mirando. Estaban las tardes de domingo en las que se escapaba de casa de su abuela, y los días de verano en los que aún pensaba que era capaz de cambiar el mundo. Todos ellos con sus minúsculos secretos, ardiendo, como brasas, como recuerdos demasiado recientes. Ardiendo, tan cálidos, tan ligeros como la vida. Y a la vez, tan fuertes, tan pesados, como anclas que no le dejaban marchar.
Cuando murió se llevó todos los pequeños secretos que no le importaban a nadie, pero que habían cambiado tantas vidas, que habían cambiado su vida. Y eso fue suficiente para que valiese la pena llevárselos consigo.