
Echo de menos tu voz.
Y tu silencio. Eras capaz de decir tantas cosas estando callada. Recuerdo cuando se te fue ahogando la voz con el peso de los años, que se te enredaron en la garganta hasta cerrarla para siempre.
Ahora tus silencios son incluso más profundos. Pero ya casi no puedo oírlos. Se fueron apagando con tu voz. Y ahora, ahora que estás allí ya casi no puedo oírlos. Los tapa el ruido de esta ausencia. De esta apática libertad.
Pero aún me hablas. A veces, mientras duermo. Y es tu voz la que ahora me inquieta. Más, mucho más de lo que lo hacían tus silencios, tan pesados, tan perturbadores. Tan cargados de sentimiento.
Pero es que ahora no podría esperar que siguieses hablando. No con tu garganta hundida, cerrada entre alambres de espino. No desde donde estás.
Aún así te oigo susurrando algunas noche. Y noto lo que eran tus manos frías enredándose en mi cuello, tratando de apretar más y más. Pero sigo aquí al despertar.
Echo de menos tu voz. La voz que tenías antes, no este suspiro extraño en el que se ha convertido, con ese silencio extraño y perturbador, distinto a aquella amenaza permanente que no necesitaba palabras. Echo de menos tu voz, la que me humillaba, la que me despreciaba una y otra vez. Echo de menos como se hundía en mis oídos, como se clavaba en mi cabeza.
Echo de menos tu voz. Echo de menos como se fue apagando entre mis manos. Como se fue ahogando entre sangre y alambre de espino. Echo de menos aquel primer silencio, aquel que fue distinto a cualquier otro.
Echo de menos cuando callaste por primera vez, cuando callaste de verdad, y pareció para siempre.