Apuntes de un Cuentista Mínimo
No un castillo de arena

Construyó un palacio, no un castillo de arena, un palacio con las piedras y las conchas que recogió a lo largo de la playa. Lo levantó paciente, como un portento multicolor, allí donde rompían las olas, para dejarlo después brillando con la luz anaranjada del atardecer.
Las estrellas de mar se alzaron sobre sus torres como guardias y vigías, retorciéndose tras sus almenas de nácar. La espuma lo invadió con cada batida, dibujando tapices y blasones en cada uno de sus patios y pasillos. Y en la última hora, cuando la luna casi podía besar al mar, un enorme cangrejo ermitaño se coló entre sus portones, con su paso ladeado, avanzando despacio hasta la sala del trono. Y mirando a uno y otro lado, viendo aquel minúsculo ejército invertebrado que había reunido para él el mar, se proclamó Rey de las Mareas.

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