Apuntes de un Cuentista Mínimo
Ícaro

Ven como asciende, con el viento azotando su cara, con esas alas enormes de plumas blancas y doradas. Ascendiendo más y más, adonde ningún hombre ha llegado nunca. Ascendiendo hasta convertirse en una sombra que parpadea entre las estrellas de ese cielo casi crepuscular, obscuro y apagado.

Le ven alejarse para siempre llevándose sus últimos sueños con él. Le ven rozar las estrellas, lejos de ese sol moribundo, sin fuerza ya para derretir sus alas. Y lloran. Cientos de Dédalos, sin más cera, sin más plumas para construir nuevas alas con las que alejarse de un mundo que les ha convertido en sus prisioneros. Han caído, antes siquiera de intentar volar.

E Ícaro ríe. Esta vez ha alcanzado un nuevo Egeo, en el que cada isla es la luz de cientos, de miles de estrellas.