Apuntes de un Cuentista Mínimo
El Té

El vapor asciende de la taza de té como una niebla espesa. La anciana la retira de un manotazo.

- Uhm.

- ¿Qué ves querida?

- Aún no está demasiado claro. Todavía se mueve.

La otra mujer se adentra en la niebla asomándose a la taza.

- Tal vez lo removiste demasiado. Ya debería haberse parado.

- Exactamente tres vueltas. Ni más, ni menos. Igual que siempre.

La niebla vuelve a alzarse desde la taza y la segunda anciana la espanta de nuevo con las manos.

- Esto no me gusta. Tal vez deberíamos hacerlo a la vieja usanza.

La primera anciana la mira y resopla, toma la taza y se bebe su contenido de golpe dejando la taza en la mesa con sumo cuidado. Su cara se contrae ante el sabor intesamente amargo de la infusión. Tras unos segundos de espera ambas mujeres vuelven a mirar la taza. Mientras, la niebla se disipa.

- ¿Una luna?

- No. Una guadaña.

Los posos se desmoronan formando extrañas figuras a su paso. Ambas ancianas miran el lento proceso sin hablar durante minutos.

- Está jugando con nosotras, ¿verdad?

La otra anciana resopla de nuevo.

- Debimos deshacernos de ella en su momento.

- Tres. Siempre tres.

Las dos guardan silencio mientras los posos dibujan una extraña espiral.

- ¿Qué hacemos ahora?

Otro silencio.

- Ella no va a ser la única que se divierta, querida. Trae mi rueca y el telar. Sé exactamente qué hilos debemos tejer y cuales cortar.