
Su cuerpo es un mapa de todos los lugares a los que ha viajado. Sobre su piel se dibujan lugares que ya nadie puede recordar. Cada centímetro es una historia vivida, un camino recorrido, un cuento por contar.
Sobre su espalda hay cientos de islas hundidas en mares que dejaron de existir hace eones, y mientras pasea sobre ellas el delicado roce de sus dedos puede recitar el nombre de todos y cada uno de los hombres y mujeres a los que amó en medio de aquel mismo océano.
Entre sus muslos se esconden miles de ciudades sepultadas por las arenas de un gran desierto. Ciudades más hermosas y ricas que Bagdad o Basora, en las que extraños dioses y genios fueron partícipes de sus hazañas e historias.
Continentes inmensos y minúsculos se arremolinan en cada milímetro de su piel, rutas marítimas perdidas y selvas inexploradas. Podría mencionar donde se levantaron todos y cada uno de los templos alzados en nombre de dioses que han olvidado incluso su propia existencia.
Su cuerpo, su piel es un tesoro. Desde los fiordos y glaciares de sus tobillos a las inmensas cordilleras de su cuello. Y sus dedos recorren ese inmenso mapa, recordando, nombrando los árboles de cada uno de los bosques de sus brazos, cada lago de los valles de su abdomen, cada niño y cada anciano de los pueblos de sus pechos. Y se deslizan, jugueteando, hasta llegar a su corazón. Y acarician, con pasión, con ternura, esa rosa de los vientos, pensando que, tal vez, aún le queden lugares por explorar, por dibujar sobre su piel.