Apuntes de un Cuentista Mínimo
Narrando a los Narradores

Le ve, dejándose caer sobre la cama, con su cuerpo moreno bañado en sudor, mientras ella se estira, retorciéndose entre las sábanas, aguardando al momento adecuado, justo un instante antes de que él recupere el aliento.

- Conozco, oh Rey afortunado, una historia con la que ocupar estas horas hasta el alba, si tenéis a bien permitirme relatárosla.

Él sonríe, entre satisfecho y divertido, y aguarda a su propio momento adecuado.

- Proceded. Decídme cuál es esa maravillosa historia.

- Es la historia de una muchacha, y de un joven que la toma y la rapta en mitad de la noche.

- ¿Y cuál es el nombre de esa historia?

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Peter Pan miraba embelesado a la pequeña Wendy al igual que el resto de Niños Perdidos. Todos estaban sentados en corro en torno a ella.

- Bien. ¿Qué historia debería contar hoy?

- ¡Una de piratas!

- En la que pateemos el culo de Garfio.

- ¡Sí! ¡Sí!

- Shhh…

Wendy les hace callar desde lo alto de su silla.

- John. Hoy te toca elegir cuento a ti. ¿Quieres oír una historia de piratas?

Wendy mira al pequeño John, su hijo, su hermano. Ella también ha comenzado a olvidar, y ya no sabe si es realmente la madre u otra Niña Perdida más jugando con el resto.

El pequeño John niega. Todos miran espectantes al más pequeño de los Niños Perdidos.

- No. Quiero una historia de animales.

Wendy sonríe.

- Bien. Érase una vez…

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…en un estanque lleno de patos, que había una oca enorme y vieja a la que todos llamaban Mamá, y los patitos más jóvenes se reunían a su alrededor para oírla contar toda clase de historias. Y he aquí que una de aquellas tardes en las que el sol de verano caía con fuerza sobre el estanque, Mamá Oca dijo así:

- Hubo una vez un hombre.

- ¿Un cazador?

- No mi patito. Éste era un hombre bueno, un doctor. Uno que viajó en barco a través de ese estanque enorme que los hombres llaman mar. Y viajó muy, muy lejos. A lugares que ningún otro hombre de su país había visto antes.

- ¿Ya cómo se llamaba Mamá?

- Lemuel. Lemuel…

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- Gulliver.

Le mira con sus profundos ojos negros.

- Me gusta el sonido de tu nombre en mis labios. Tan extraño. Tan exótico.

Él sonríe mientras acaricia su piel desnuda, perlada por finas gotas de sudor.

- ¿Y si nos descubren?

Ella ríe.

- El rey no lo sabrá. Cuéntame. Cuéntame otro de tus viajes. Otra historia de esas tierras plagadas de enanos y de gigantes.

- ¿Y qué harás con todas estas historias?

- Las guardaré y se las contaré a él si mi vida vuelve a estar en peligro.

Acaricia su carne oscura entre las sábanas, acercándola hacia sí, hasta que sus cuerpos se revuelven de nuevo y besa su piel dorada, ascendiendo desde sus pechos hasta su cuello.

- Hay una tierra, muy, muy lejos, de cuya existencia no sabe ningún otro hombre. Allende del inmenso desierto y del enorme mar. Una tierra de la que sólo yo sé, y ahora tú también, mi hermosa Schehrezade.