Apuntes de un Cuentista Mínimo
No un castillo de arena

Construyó un palacio, no un castillo de arena, un palacio con las piedras y las conchas que recogió a lo largo de la playa. Lo levantó paciente, como un portento multicolor, allí donde rompían las olas, para dejarlo después brillando con la luz anaranjada del atardecer.
Las estrellas de mar se alzaron sobre sus torres como guardias y vigías, retorciéndose tras sus almenas de nácar. La espuma lo invadió con cada batida, dibujando tapices y blasones en cada uno de sus patios y pasillos. Y en la última hora, cuando la luna casi podía besar al mar, un enorme cangrejo ermitaño se coló entre sus portones, con su paso ladeado, avanzando despacio hasta la sala del trono. Y mirando a uno y otro lado, viendo aquel minúsculo ejército invertebrado que había reunido para él el mar, se proclamó Rey de las Mareas.

Tu Voz

Echo de menos tu voz.
Y tu silencio. Eras capaz de decir tantas cosas estando callada. Recuerdo cuando se te fue ahogando la voz con el peso de los años, que se te enredaron en la garganta hasta cerrarla para siempre.

Ahora tus silencios son incluso más profundos. Pero ya casi no puedo oírlos. Se fueron apagando con tu voz. Y ahora, ahora que estás allí ya casi no puedo oírlos. Los tapa el ruido de esta ausencia. De esta apática libertad.

Pero aún me hablas. A veces, mientras duermo. Y es tu voz la que ahora me inquieta. Más, mucho más de lo que lo hacían tus silencios, tan pesados, tan perturbadores. Tan cargados de sentimiento.
Pero es que ahora no podría esperar que siguieses hablando. No con tu garganta hundida, cerrada entre alambres de espino. No desde donde estás.
Aún así te oigo susurrando algunas noche. Y noto lo que eran tus manos frías enredándose en mi cuello, tratando de apretar más y más. Pero sigo aquí al despertar.

Echo de menos tu voz. La voz que tenías antes, no este suspiro extraño en el que se ha convertido, con ese silencio extraño y perturbador, distinto a aquella amenaza permanente que no necesitaba palabras. Echo de menos tu voz, la que me humillaba, la que me despreciaba una y otra vez. Echo de menos como se hundía en mis oídos, como se clavaba en mi cabeza.

Echo de menos tu voz. Echo de menos como se fue apagando entre mis manos. Como se fue ahogando entre sangre y alambre de espino. Echo de menos aquel primer silencio, aquel que fue distinto a cualquier otro.
Echo de menos cuando callaste por primera vez, cuando callaste de verdad, y pareció para siempre.

Mi avión al pasado

Querida Elisa,

Mi avión a 1943 está a punto de despegar. Casi no puedo contener la emoción de verme de nuevo y hablar con el resto de los niños de nuestro pueblo. Me gustaría poder darme unos cuantos consejos, no sólo sobre lo que hice mal, y los problemas que tuvimos. Me gustaría poder ayudarme con algunas buenas inversiones para que no hubiese ido mejor, pero ya sabes cuanto controla ya el Gobierno esa clase de cosas. Si no fuera por la presión de las cronolíneas creo que hace mucho que nos habrían arrebatado un derecho tan básico como viajar a cuando queramos. Pero supongo que desde que ganamos Trafalgar y todo se puso patas arriba por última vez no se podía esperar nada más.

El señor del asiento de al lado me pregunta que si sé porqué estamos tardando en despegar. Parece que otro de esos cronoterroristas ha tratado de de salvar a no sé cuál presidente de nuevo. Si la línea temporal sigue así de inestable al final tendremos que dejar de viajar por completo. Aún me acuerdo de esa familia del último Sextilis que había decidido quedarse a vivir en pleno siglo cuarto. ¿En qué puñetas estarían pensando? La mitad de las fronteras de Europa habían dejado de tener sentido por su culpa. ¿En qué clase de mundo vivimos para que haya gente como ésa?

Parece que el avión ya está despegando. Trataré de traerte algo cariño. Ya sé que supuestamente sólo podemos echar fotos, pero trataré traerte algo de verdad. Recuerdo que la viuda del Viejo Zarajo hacía unos encajes preciosos, seguro que serías la envidia de todas tus amigas con uno auténtico.

Un beso cariño,
espero que todo siga donde estaba cuando vuelva.

Narrando a los Narradores

Le ve, dejándose caer sobre la cama, con su cuerpo moreno bañado en sudor, mientras ella se estira, retorciéndose entre las sábanas, aguardando al momento adecuado, justo un instante antes de que él recupere el aliento.

- Conozco, oh Rey afortunado, una historia con la que ocupar estas horas hasta el alba, si tenéis a bien permitirme relatárosla.

Él sonríe, entre satisfecho y divertido, y aguarda a su propio momento adecuado.

- Proceded. Decídme cuál es esa maravillosa historia.

- Es la historia de una muchacha, y de un joven que la toma y la rapta en mitad de la noche.

- ¿Y cuál es el nombre de esa historia?

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Peter Pan miraba embelesado a la pequeña Wendy al igual que el resto de Niños Perdidos. Todos estaban sentados en corro en torno a ella.

- Bien. ¿Qué historia debería contar hoy?

- ¡Una de piratas!

- En la que pateemos el culo de Garfio.

- ¡Sí! ¡Sí!

- Shhh…

Wendy les hace callar desde lo alto de su silla.

- John. Hoy te toca elegir cuento a ti. ¿Quieres oír una historia de piratas?

Wendy mira al pequeño John, su hijo, su hermano. Ella también ha comenzado a olvidar, y ya no sabe si es realmente la madre u otra Niña Perdida más jugando con el resto.

El pequeño John niega. Todos miran espectantes al más pequeño de los Niños Perdidos.

- No. Quiero una historia de animales.

Wendy sonríe.

- Bien. Érase una vez…

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…en un estanque lleno de patos, que había una oca enorme y vieja a la que todos llamaban Mamá, y los patitos más jóvenes se reunían a su alrededor para oírla contar toda clase de historias. Y he aquí que una de aquellas tardes en las que el sol de verano caía con fuerza sobre el estanque, Mamá Oca dijo así:

- Hubo una vez un hombre.

- ¿Un cazador?

- No mi patito. Éste era un hombre bueno, un doctor. Uno que viajó en barco a través de ese estanque enorme que los hombres llaman mar. Y viajó muy, muy lejos. A lugares que ningún otro hombre de su país había visto antes.

- ¿Ya cómo se llamaba Mamá?

- Lemuel. Lemuel…

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- Gulliver.

Le mira con sus profundos ojos negros.

- Me gusta el sonido de tu nombre en mis labios. Tan extraño. Tan exótico.

Él sonríe mientras acaricia su piel desnuda, perlada por finas gotas de sudor.

- ¿Y si nos descubren?

Ella ríe.

- El rey no lo sabrá. Cuéntame. Cuéntame otro de tus viajes. Otra historia de esas tierras plagadas de enanos y de gigantes.

- ¿Y qué harás con todas estas historias?

- Las guardaré y se las contaré a él si mi vida vuelve a estar en peligro.

Acaricia su carne oscura entre las sábanas, acercándola hacia sí, hasta que sus cuerpos se revuelven de nuevo y besa su piel dorada, ascendiendo desde sus pechos hasta su cuello.

- Hay una tierra, muy, muy lejos, de cuya existencia no sabe ningún otro hombre. Allende del inmenso desierto y del enorme mar. Una tierra de la que sólo yo sé, y ahora tú también, mi hermosa Schehrezade.

Un mapa de todos los lugares

Su cuerpo es un mapa de todos los lugares a los que ha viajado. Sobre su piel se dibujan lugares que ya nadie puede recordar. Cada centímetro es una historia vivida, un camino recorrido, un cuento por contar.

Sobre su espalda hay cientos de islas hundidas en mares que dejaron de existir hace eones, y mientras pasea sobre ellas el delicado roce de sus dedos puede recitar el nombre de todos y cada uno de los hombres y mujeres a los que amó en medio de aquel mismo océano.

Entre sus muslos se esconden miles de ciudades sepultadas por las arenas de un gran desierto. Ciudades más hermosas y ricas que Bagdad o Basora, en las que extraños dioses y genios fueron partícipes de sus hazañas e historias.

Continentes inmensos y minúsculos se arremolinan en cada milímetro de su piel, rutas marítimas perdidas y selvas inexploradas. Podría mencionar donde se levantaron todos y cada uno de los templos alzados en nombre de dioses que han olvidado incluso su propia existencia.

Su cuerpo, su piel es un tesoro. Desde los fiordos y glaciares de sus tobillos a las inmensas cordilleras de su cuello. Y sus dedos recorren ese inmenso mapa, recordando, nombrando los árboles de cada uno de los bosques de sus brazos, cada lago de los valles de su abdomen, cada niño y cada anciano de los pueblos de sus pechos. Y se deslizan, jugueteando, hasta llegar a su corazón. Y acarician, con pasión, con ternura, esa rosa de los vientos, pensando que, tal vez, aún le queden lugares por explorar, por dibujar sobre su piel.

Penélope

Sus dedos se deslizan por cada uno de los hilos, con una suavidad delicada, comedida. Enredando las hebras, cerrando cada nudo con una agilidad asombrosa.

Sobre el tapiz se dibujan cíclopes y mares embravecidos, brujas, y cientos de hermosas y terribles sirenas.

Sus amantes no dejan de observarla mientras los hilos bailan entre sus manos dibujando nuevas desventuras, nuevas tragedias. Saben que por cada nudo que hace deshace otro, y creen que de esa manera trata de evitarles. Pero ellos insisten, convencidos de que al fin cederá.

Pero Penélope, la hermosa y resentida Penélope, hace y deshace los nudos de su tapiz interminable sin olvidar jamás a su esposo Ulises. Y con cada nudo, en cada hebra, condensa su magia una y otra vez, asegurándose de tejer e hilar nuevas calamidades. Ulises, el bienamado y odiado Ulises, pagará. Pagará todos esos años de ausencia, todos y cada uno de esos años de soledad. Pagará su inmensa y gloriosa iliada con una interminable odisea que ella nunca terminará de hilar.

El Té

El vapor asciende de la taza de té como una niebla espesa. La anciana la retira de un manotazo.

- Uhm.

- ¿Qué ves querida?

- Aún no está demasiado claro. Todavía se mueve.

La otra mujer se adentra en la niebla asomándose a la taza.

- Tal vez lo removiste demasiado. Ya debería haberse parado.

- Exactamente tres vueltas. Ni más, ni menos. Igual que siempre.

La niebla vuelve a alzarse desde la taza y la segunda anciana la espanta de nuevo con las manos.

- Esto no me gusta. Tal vez deberíamos hacerlo a la vieja usanza.

La primera anciana la mira y resopla, toma la taza y se bebe su contenido de golpe dejando la taza en la mesa con sumo cuidado. Su cara se contrae ante el sabor intesamente amargo de la infusión. Tras unos segundos de espera ambas mujeres vuelven a mirar la taza. Mientras, la niebla se disipa.

- ¿Una luna?

- No. Una guadaña.

Los posos se desmoronan formando extrañas figuras a su paso. Ambas ancianas miran el lento proceso sin hablar durante minutos.

- Está jugando con nosotras, ¿verdad?

La otra anciana resopla de nuevo.

- Debimos deshacernos de ella en su momento.

- Tres. Siempre tres.

Las dos guardan silencio mientras los posos dibujan una extraña espiral.

- ¿Qué hacemos ahora?

Otro silencio.

- Ella no va a ser la única que se divierta, querida. Trae mi rueca y el telar. Sé exactamente qué hilos debemos tejer y cuales cortar.

Los Zapatos Negros

Se puso los zapatos negros, empujándolos con cuidado para que entrasen en sus pies minúsculos. Siempre estaban brillantes, como nuevos. Mamá los limpiaba con cuidado antes de cada ocasión especial. Se levantó. Aún sonaban a cada paso como si los estuviese estrenando. Hoy sonaban más que nunca en medio de todo ese silencio.
Bajó por las escaleras con cuidado, agarrándose a la barandilla y marcando cada paso con ese taconeo cuidadoso de los niños. Mamá estaba fuera. Con su vestido negro. Si no hubiese estado llorando tanto habría estado guapísima. Había más gente. Todos vestidos de negro. Todos en silencio.
- ¿Cómo estás campeón?
Papá estaba sentado en las escaleras. Se le iluminó la cara y se lanzó a abrazarle.
- Mamá dijo…
- Shhh… Eso ahora da igual.
- Pero ella decía que no volveríamos a verte.
Papá suspiró. Como cuando pensaba si castigarle o no cuando hacía algo malo.
- Eso es porque no lo haréis.
- ¿Vas a irte?
- Sí.
- ¿Por qué?
Papá se encongió de hombros.
- Tengo que hacerlo.
Entonces le puso esa mano enorme en la mejilla y le acarició mientras le hacía cosquillas.
- No quiero, pero tengo que hacerlo.
- ¿Al menos vendrás hoy?
Le miró a los ojos y sonrió.
- Sí, no me lo perdería por nada.
Se cogieron de la mano y salieron de allí. Y aunque nadie pudiera verle, papá se sintió en ese momento más satisfecho que en toda su vida.

Ícaro

Ven como asciende, con el viento azotando su cara, con esas alas enormes de plumas blancas y doradas. Ascendiendo más y más, adonde ningún hombre ha llegado nunca. Ascendiendo hasta convertirse en una sombra que parpadea entre las estrellas de ese cielo casi crepuscular, obscuro y apagado.

Le ven alejarse para siempre llevándose sus últimos sueños con él. Le ven rozar las estrellas, lejos de ese sol moribundo, sin fuerza ya para derretir sus alas. Y lloran. Cientos de Dédalos, sin más cera, sin más plumas para construir nuevas alas con las que alejarse de un mundo que les ha convertido en sus prisioneros. Han caído, antes siquiera de intentar volar.

E Ícaro ríe. Esta vez ha alcanzado un nuevo Egeo, en el que cada isla es la luz de cientos, de miles de estrellas.

Las ciudades dentro de las ciudades

Por encima de todo están las ciudades. Y luego, las ciudades dentro de las ciudades, en las que nada es realmente lo que parece y las cosas tienden a engañar al ojo no preparado. E incluso existen las pequeñas ciudadelas, que permanecen ocultas hasta para las criaturas que se esconden entre las sombras y los recovecos, y que son ignoradas hasta por las sociedades más secretas, o al menos por las sociedades secretas que no las habitan en concreto. Y por último están esos lugares minúsculos que a su vez son como gigantescas ciudades en miniatura, lugares extraños y recónditos como aquel al que van los ciegos nacidos el último de marzo, o en el que se esconden los que adoran a las arañas que viven entre las paredes de las casas. Lo más probable es que incluso dentro de esos lugares tan extraños y desconocidos haya otros incluso más recónditos e inexplorados en el que casi inexistentes sociedades invisibles de insectos o mariposas creen sus propias realidades, erijan sus propios dioses y conspiren contra el resto del mundo.

Si lo pensamos con detenimiento cada ciudad es como un juego de muñecas rusas en el que cada muñeca contiene cientos y cientos de muñecas más pequeñas. Y cada una permanece siempre cerrada para todas las demás.

Porque ¿qué sabrán los músicos callejeros que en secreto adoran a la extraña criatura que vive en lo más profundo de los túneles de la ciudad acerca del extraño y desconocido templo de los dioses paloma que se alza ante los ojos de todos sin que nadie lo vea en la más alta torre de la ciudad? ¿O la sociedad de niños perdidos que vendió su alma a quien creían Peter Pan sobre el lugar donde los gusanos de seda guardan las más exquisitas obras que nunca soñó hombre o gusano alguno?

Sí. Puedes pensar que todos esos lugares no existen. Que toda esa gente es inventada. Pero están ahí. En una ciudad que no conoces, dentro de la ciudad que sí conoces. Como un mundo aparte, que no deja de rozarse con el nuestro. Como una caja cerrada que no podemos abrir. Porque a fin de cuentas ¿qué sería entonces del misterio?